Elegía a la derrota



ELEGÍA A LA DERROTA

Sobre El viejo y el mar - Ernest Hemingway


"—Pero el hombre no está hecho para la derrota—dijo—.
Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado." 



Pensar en El viejo y el mar así como en la vida de Hemingway es, sin duda, aproximarse la derrota, al fracaso de una lucha. El mismo escritor cansado de no poder escribir nada mejor, lo que constituía su vida, hundido en el alcohol y desesperado termina por pegarse un escopetazo en la cabeza y acabar así con sus días. Santiago, por otra parte, protagonista de la novela, regresa a puerto con las manos vacías después de tres días en alta mar en permanente lucha con el pez espada al que logra vencer, pero derrotado por los tiburones que terminan devorando su conquista. 


Sin embargo, detrás de la derrota se esconde algo puramente humano. Centrémonos en la novela. Un viejo pescador que lleva ochenta y cuatro días sin pescar decide una mañana emprender un viaje hacia las inmensidades del océano con el objetivo de vencer su mala racha. Lo logra y de qué manera, pescando el pez más grande que cualquiera hubiera podido imaginar. La batalla es dura, honorable, entre dos titanes, y al cabo de un día y una noche logra derrotarlo. El pez es tan grande que no logra subirlo a la lancha, así que decide, en una imagen hermosa, atarlo al costado y emprender el regreso juntos. Pero todavía queda un largo camino y los tiburones acechan. Se ha alejado demasiado, piensa Santiago, pero no podía ser de otra manera si quería vencer al pez. Trata de luchar con todas las fuerzas que le quedan, que no son pocas, contra la manada de tiburones que, uno tras otro, van devorando el tesoro hasta dejarlo en los meros huesos. Así vuelve Santiago a tierra, con la evidencia de su batalla ganada y más tarde perdida, con su lancha y el esqueleto de un pez que nadie hubiera podido atrapar salvo él; glorificado y vencido. 


El texto, como toda la buena literatura, no queda allí en la mera anécdota, sino que excede sus límites y pretende decirnos otra cosa. A la mejor manera de la teoría del iceberg, implantada por el mismo Hemingway, de dejar el grueso del cuento a la interpretación y la inteligencia del lector, el análisis de la novela deja varios puntos a analizar. En primer lugar el significado de la aventura de Santiago. El mar como analogía de la vida, de una lucha sin sentido en medio de rivales honorables y de amargos tiburones; como ese espacio ancho y profundo que termina al fin por vencernos sin llevar a puerto nada más que la satisfacción de haberlo recorrido y una o dos historias memorables. Pero también los tiburones nos vienen a hablar de la pérdida, de aquello que se nos escapa de nuestras fuerzas y contra lo que también debemos luchar aunque sepamos el resultado, el oscuro final. Pero hay en Santiago un coraje de vivir, una determinación de ganar la batalla a toda costa que lo honra, lo hace noble entre los hombres, y a pesar de su fracaso no sentimos por él lástima, sino orgullo y admiración. Y así también lo ve el muchacho, el único amigo del protagonista, que al regreso, con un cúmulo de sentimientos entre la piedad, la admiración y la vindicación, lo cuida y lo empuja a seguir adelante con él. 


En este sentido, los lectores, no por efectos del texto, sino de su propia trama, somos ese muchacho, somos quienes recogemos el testimonio, vemos la lancha con la proeza realizada y exculpamos de toda derrota al viejo Santiago. Entonces la derrota adquiere valores de honorabilidad, de respeto, porque es digna, leal y noble. El viejo ahora reposa en su cama con la tristeza y la satisfacción íntima de quien ha dado todo de sí en una lucha que sólo le correspondía a él, sin hacer alardes, sin vender su fracaso, esperando a reponerse para volverlo a intentar quizás llevando más agua y no alejándose tanto de la orilla.


Muchas veces pensamos los clásicos como textos manidos y ya leídos aunque nunca los hubiéramos abierto. No. A los clásicos debemos volver porque, como decía Calvino, siempre tienen algo que decirnos. Leer El viejo y el mar es una prueba suficiente de ello. 

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