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Kawabata y el umbral de la vejez

Sobre "La casa de las bellas durmientes" de Yasunari Kawabata

Un hombre de 67 años se acuesta a dormir en medio de dos bellas jóvenes, una rubia y una morena, ambas dormidas bajo el efecto profundo de una droga. Mientras se abandona al sueño, el viejo toma en cada mano un pecho de cada joven. De un lado tiene la luz y del otro la oscuridad, la vida y la muerte. Esta mitad, o mejor, este umbral, es la condición de Eguchi, el protagonista de “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata. En esta casa, los viejos tienen la posibilidad de dormir con una muchacha joven que estará dormida todo el tiempo. Dentro de las reglas de la casa está establecido que los visitantes pueden contemplar a las muchachas e incluso tocarlas cuanto quieran, pero no deben cometer actos “indecentes”. Esta condición entrelaza el erotismo con cierto goce estético y contemplativo que parece muy propio de la tradición japonesa.

Eguchi, que aún no ha cumplido los 70, dice no haber perdido su virilidad, y por lo tanto no se siente igual a los viejos que normalmente visitan en secreto la casa de las bellas durmientes. Presume que la razón por la que lo demás hacen, es porque su cuerpo y todo su ser se ha convertido en una vergüenza. Solo se atreven a estar junto a una joven muchacha si ella está completamente fuera de sus sentidos y sin la posibilidad de percatarse de la condición lastimera de su acompañante. “Dormidas y mudas, ellas decían lo que los ancianos deseaban”. Como Eguchi aún no ha llegado a ese límite, esta aventura secreta es para él como una inmersión adelantada en la senilidad. Como Dante, se introduce en un viaje premonitorio donde descubre y se prepara para lo que le espera.

Estar ante las jóvenes totalmente indefensas parece despertar en él una curiosidad morbosa por ultrajarlas. Él, a diferencia de los otros viejos, aún tiene los medios para hacerles daño. Sin embargo, siempre hay algo que lo contiene y una vez superado este afán de violencia, Eguchi es visitado por diferentes recuerdos de mujeres que pasaron por su vida. Los recuerdos, más vivos que nunca, parecieran ser evocados por los cuerpos y los olores de las muchachas durmientes. Es sabido que a medida que una persona envejece, pierde la sensibilidad sobre una amplia gama de olores, pero es capaz de recordar con mayor intensidad olores del pasado. Este pareciera ser el caso de nuestro protagonista, que en el umbral de la vejez, se pierde entre recuerdos de olores, de frases, de rostros e incluso de flores.
¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa?
Aunque las muchachas parecen estar totalmente a su disposición, siempre habrá algo inalcanzable: su juventud. Aunque Kawabata pone a dormir en el mismo lecho a viejos y jóvenes, la distancia que los separa es infranqueable. Por más que puedan estar junto a ellas e intentar beber de su juventud, para los ancianos visitantes de la casa no hay marcha atrás. La certera muerte, que brilla con más fuerza para los viejos, pero que se cierne sobre todo el género humano pareciera ser lo único que une a estas disímiles parejas nocturnas.

No se escapa a ningún lector o lectora contemporánea que esta costumbre que relata Kawabata es machista y aliena a la mujer a más no poder. Sin embargo, este autor pertenece a una generación de escritores que a lo largo del siglo XX cuestionaron el rol de la mujer en las sociedades orientales. Aunque el tiempo presente de la historia se centra en las visitas de Eguchi a la casa de las bellas durmientes, todos los recuerdos que le sobrevienen en las noches nos muestran una dimensión mucho más humana de las mujeres de su vida. Con momentos de amor ciego, decepciones, independencia y decisiones propias, las mujeres que recuerda Eguchi son reales, fuertes y de alguna manera se enfrentan a la sociedad que las rodea.

Estar junto a una persona totalmente inconsciente “no es una relación humana”, piensa Eguchi en su primera visita. Sin embargo vuelve a la casa de las bellas durmientes una y otra vez. Todo cuanto vemos que le acontece tras el extraño contacto con las jóvenes, sus recuerdos y sus temores nos inducen a su reflexión posterior: “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana”.

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