Invisible como la seda

Por: Juan Francisco Florido

El estilo de Alessandro Barico es como la seda que describe: leve, hermosa y casi imperceptible. Seda es también el título de la novela corta sobre la vida de Hervé Jancourt: un hombre que, yendo en contra de su destino y a favor del azar, abandona el peso de las armas para tomar el oficio de comerciante viajero de gusanos de seda. Cada uno de sus brevísimos capítulos está compuesto a su vez de frases aún más cortas y lacónicas, que no carecen de ambigüedad. Aun así, la totalidad de su obra adquiere un matiz distinto a la concreción de los fragmentos. Si bien es contundente al narrar los hechos, la novela abarca espacial y temporalmente periodos y territorios extensos. Se trata de un texto compuesto en su mayoría por imágenes sueltas, viajes de miles de kilómetros que duran meses enteros pero condensados en muy pocas palabras y fragmentos de vida incompletos de personajes misteriosos.

Seda está compuesto de pinceladas concretas como un cuadro impresionista. No obstante, hay muchos secretos ocultos que la totalidad del cuadro no nos permite ver, y sin embargo, no deja de ser conmovedor y sugestivo. Aunque la lógica pueda obligarnos a llenar esos espacios aparentemente vacíos, no sería correcto leer este libro exigiendo respuestas a cada una de las incógnitas que plantea, que dicho sea de paso, no son pocas. No nos interesa saber por qué Jean Berbeck optó por el silencio, pero sabemos que en esa decisión se sintetiza su vida. Tampoco queremos saber en detalle qué sucedió en los meses de periplo hasta Japón, pero nos conmueve que un viaje hasta el fin del mundo sea resumible en un gesto tenue parecido a un soplo.


La novela de Baricco no ofrece un “por qué” o un “cómo”. Ni siquiera invita a que el lector dé alguna respuesta lógica a tales preguntas en su propia mente. Baricco invita a otro tipo de lectura más cercana a la experiencia sensorial y a la contemplación. Todo lo que requiera explicación, si es que importa, está dentro del texto y cabe en frases tan cortas como exhalaciones tenues. Seda plasma perfectamente la levedad, la rapidez y la exactitud planteadas por Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Lo demás, lo que no alcanzan a abarcar las palabras, los supuestos vacíos que se ven en nuestra pintura completa, cabe en el silencio, como el de Jean Berbeck o el de la mujer de ojos no orientales. No es que las palabras se agoten. Es que a veces no nos hacen falta. Sencillamente sobran.

El silencio que se establece en las relaciones entre los personajes potencia la belleza de los mismos. Muchas veces, el misterio que rodea lo desconocido, sobre todo en lo que concierne a las otras personas, hace que todo lo que sí podemos ver, escuchar y conocer de ellas nos resulte aún más hermoso. Las relaciones entre los personajes de la novela están permeadas por todos estos secretos invisibles al lector y a ellos mismos. Gran parte de su belleza se resalta gracias a cómo están atravesadas por lo invisible. Sin embargo, la belleza de lo invisible no está en la atracción por lo desconocido. La nostalgia de lo irrealizado es lo que vuelve hermosos sus silencios y no la urgencia de descubrir lo que se desconoce. Seda no es únicamente un encuentro con la levedad, la belleza o en palabras de Baricco con la “música blanca”. Seda es fundamentalmente un encuentro con los silencios y con lo invisible. Se trata de un encuentro con la nostalgia por lo no vivido y la hermosa tristeza que conlleva.

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