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Octava sesión: Helen Keller y Eloy Tizón


Generalmente, cada sesión suele tocar temas distintos a la anterior. Todo depende de los temas y el estilo de los autores leídos y en parte, del estado de ánimo e inquietudes que tengan los participantes. No obstante, la sesión del domingo 10 de mayo, además de llevarse a cabo el día de la madre, tuvo elementos particulares que la volvieron especial, con respecto a las demás. En primer lugar, porque en esta ocasión se rompió un poco el protocolo y no se podía hablar de los textos del día como “cuentos” en un sentido estricto. Nuestro primer texto es más cercano a un ensayo a partir de una condición personal de la primera autora. Al tratarse de una autora con sordomuda y ciega, su única relación con el mundo exterior está mediada a partir del sentido del tacto, del olfato y de su propia imaginación. Los otros dos cuentos escritos por Eloy Tizón, si bien se pueden considerar relatos, formalmente tienden a una fragmentación en las cuales los hechos ni siquiera resultan siendo secundarios, sino pequeñísimos detonantes insinuados de posibilidades desconocidas. Lo que prima en los cuentos de Eloy Tizón son temas secundarios, frases azarosas al estilo de los poetas surrealistas y un lenguaje riquísimo en imágenes, ideas inconexas y percepciones sensoriales, no ausentes de belleza.
Por otra parte, los participantes encontraron en ambos autores una cercanía a la situación actual de encierro y virtualidad. Helen Keller es la autora del silencio y del contacto físico como medio expresivo. El tacto por sí solo le permite percibir muchas posibilidades que el resto de las personas que poseen los cinco sentidos, no se permiten. La distracción de los estímulos que dan el oído y la vista nos alejan de todas las posibilidades que Keller experimenta en el tacto y que además potencia con el poder de la imaginación. No existe para ella la necesidad ni la posibilidad de hablar. Dentro del silencio y la oscuridad, el mundo crece sin barreras, mientras que nuestra situación de pandemia nos ha privado salvajemente del contacto físico. El mundo de Helen Keller es opuesto al que las circunstancias nos han impuesto, ya que incluso las pantallas nos han robado el privilegio del silencio y de una genuina relación con el otro, incluso en su modo de pensar. Ahora el usuario bloquea y niega lo que ve pero no puede aceptar.
Paradójicamente, el universo de Eloy Tizón está abarrotado de estímulos. Sus textos son muy cercanos al discurrir de la conciencia propuesto por autores como Joyce y su idea de imaginación está en el ruido. La acumulación de lugares y de experiencias genera una angustia similar a la del insomne que no puede dormir porque su cabeza vuela hasta el infinito. Lo paradójico de ambos universos es que mientras Keller desde su privación sensorial nos habla del afuera de su imaginación, Eloy Tizón invita a interiorizarse en el lenguaje de la mente, a partir de la impresionante cantidad de colores y ruido que se acumulan en sus páginas. No se trata únicamente de la angustia de lo que no se detiene ni la expectativa de lo que nunca va a contar. Se trata de la belleza que pasa ante nuestra imaginación veloz y efímera. Leer los cuentos de Eloy Tizón es como mirar la belleza del paisaje a través de la ventana en movimiento. Lo verdaderamente importante quedará insinuado y permanecerá la sensación. La belleza y la angustia en un único viaje que se acaba sin previo aviso.
Tener como protagonistas el ruido y el silencio en un día de la madre llevaron a muchas de estas reflexiones. Ambos autores, tal vez sin desearlo, terminaron hablando acerca de la distancia entre individuos. El tema, además de ser importantísimo en la actualidad, permitió que los asistentes disfrutaran (o padecieran tal vez) de lo que significa el silencio de los otros, no necesariamente como algo incómodo, sino tal vez como una forma de abrazar al otro, más allá del contacto físico.


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