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Décima sesión - Lispector y Fonseca



ESTILO Y VIOLENCIA
Sobre Clarice Lispector y Rubem Fonseca





"En medio de la pánica llanura interminable,
y cerca del Brasil."

Hacia el Brasil nos dirigimos, a la tierra del gran Machado de Assis, ese país inmenso que no se acaba nunca de tan variado, de tan distinto. La Historia del Brasil es la historia de la congregación de todos los pueblos en un vastísimo territorio; así mismo es su literatura, ancha, pánica, colosal. Los escritores, dos de los referentes más importantes del siglo XX: Clarice Lispector y Rubem Fonseca. Una elección más bien dispar, casi antagónica, entrelazada quizás por el mismo sustrato literario del que ambos autores emergen sus creaciones, el dolor humano. De los cuentos que leímos este es el rasgo más significativo, la reflexión sobre el dolor, la incomodidad, la violencia y la gestación del mal en el ser humano. 

De Clarice Lispector, escritora polifacética y experimental, leímos Amor y Felicidad clandestina, dos relatos que dan cuenta justamente de cuán variada puede su literatura. De entrada, en ambos relatos, uno percibe que hay una pretensión por el estilo, por la palabra como materia plástica que se puede amasar, moldear, figurar y esculpir. Amor es un claro ejemplo de esta disposición en donde la anécdota subyace por debajo del estilo, sin que deje de ser fundamental. Por esto mismo se hace difícil resumir el cuento, en el que una mujer que sale a hacer la compra sufre una crisis de identidad al ver la imagen de un hombre ciego que masca chicle. Esto le produce, en un comienzo, un sentimiento de piedad, compasión y angustia. Luego todo es un torbellino de pensamientos y emociones. El sentido de la angustia no es diáfano, pero se intuye que tiene que ver con una vida cómoda, aparentemente realizada, feliz. Esta mujer necesita algo que la descoloque de la monotonía armónica en la que vive. El ciego que mastica chicle viene a cumplir este papel, aunque sea una imagen, por lo demás, un poco inocua. La cumbre del relato llega cuando la mujer parece fundirse con la naturaleza en su conmiseración, en su pequeño sobresalto. 

Si bien la escritura puede resultar confusa, en esta confusión radica su belleza. No es un lenguaje ordinario y coloquial el que nos propone Lispector, todo lo contrario, se aleja de la narración para darle paso a la poesía, a la prosa poética. Las imágenes, las metáforas, la construcción gramatical son la mayor invención de Lispector. Después los temas, claro, la compasión, la soledad de la mujer ama de casa, la corporeidad del otro en el que me siento identificado. 

Felicidad clandestina, por su parte, habla de la gestación del mal en la niñez. Cuenta la historia de una broma, aparentemente inofensiva, que le hace una niña a otra. Le asegura todos los días que le va a prestar un libro muy querido por la otra y cuando la niña va por él, le dice que llegó tarde, que ya lo prestó. Hasta que la madre de la niña bromista se da cuenta y resuelve en enredo. Aquí el momento más hermoso del relato, cuando la niña tiene el libro en su mano y se ejerce una erótica del objeto: lo toca, no lo toca, lo abre, lo olvida, lo sostiene, lo administra. Aquí la figura de la niñez es fundamental; recordemos que lispector también dedicó gran parte de su obra a la literatura infantil. Es inevitable reconocerse niño al leer el cuento, entrar en relación con una de las dos figuras, la niña bromista o la niña bromiada. 


Rubem Fonseca. El debate sobre Fonseca nos llevó casi dos horas, trataré de exponer por qué. Me referiré a los temas generales del debate, prescindiendo del análisis de los relatos en particular: Amarguras de un joven escritor y Paseo nocturno

Los cuentos, no sólo los dos que leímos sino los que recorren toda su narrativa, delatan la atracción de Rubem Fonseca por la violencia como tema narrativo, y el tratamiento crudo y descarnado con que esta violencia es narrada. Esto puede suscitar distintas reacciones en el lector: el que prefiere cerrar los ojos y mirar para otro lado, el que sigue a pesar de la incomodidad que le provoca, el que ve en esta violencia un retrato de la sociedad o el que de alguna manera disfruta con ella. El mismo Fonseca, en boca de uno de sus personajes, dice que el escritor debe “estar contra la moral y las buenas costumbres (...) Nuestro lenguaje debe ser el del no-conformismo, el de la no-falsedad, el de la no-opresión.” Y este punto, cosa que no debemos permitir, se funde en su propia poética la obra y el autor. Sin embargo, por mucho que queramos encontrar símiles, siguen siendo dos cosas independientes que habría que revisar con sumo detalle.

Ahora bien, nos preguntábamos al discutir los cuentos propiamente, ¿hasta donde la exposición de la violencia hace apología de la misma? Colombia, país no tan distinto del Brasil o de cualquiera de América Latina, ha estado impregnado por la violencia desde que sus albores y lo sigue estando, y la literatura sobre la violencia abunda y nauseabunda en las pretensiones de los escritores por retratar la realidad. ¿Qué hacer con estos temas? ¿Cómo narrarnos desde la situación violenta en la que estamos? ¿Qué hacer con figuras con Pablo Escobar y el narcotráfico? Hasta un punto es válido representar lo que somos, pero si es verdad que son las narrativas las que forjan a las naciones, ¿por qué no pensar en narrarnos distintos a ver si por fin dejamos de matarnos todos los días? 

En defensa de Rubem Fonseca cabe resaltar también la maestría literaria de su estilo. Si bien el tema de la violencia predomina, los personajes de Fonseca también se preguntan permanentemente sobre el oficio de escribir, sobre el arte de la literatura y sus fronteras, sobre la figura del escritor que solitario intenta dar cuenta de su mundo. La intertextualidad de la que están plagados sus textos es fantástica y enriquece cada cuento. Quien esto escribe, por su parte, seguirá leyendo a Fonseca y, cómo no, a Lispector y seguirá recomendando su lectura. El Brasil es ancho y ya vemos que sus letras portuguesas también.

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