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Cantan los sentidos



CANTAN LOS SENTIDOS
Sobre Helen Keller

                  Por: Nicolás Ibáñez

                                                     “!Qué pobre sería mi mundo sin la imaginación!” H.K.

Hay que haber nacido poeta para ser Helen Keller. Lo digo en toda la expresión de la palabra. Poeta. No sólo como alguien que se devana los sesos escribiendo versos o prosas que capten un pequeño instante de la infinitud del tiempo y del espacio. Ella es más que simplemente eso. Hellen Keller es la imposibilidad de la poesía hecha expresión poética, la negación de todas las posibilidades convertidas en manifestación íntima, en loa, en canto: es el puño en la cara para quienes, diletantes, se frustran ante sus propias incapacidades en el primer o segundo intento.

No pretendo de ninguna manera subirla a las cimas baratas de la autoayuda, ni recomendar su lectura a aquellos que han perdido la fe o que se sienten incapaces, perdidos y solitarios (todos en este tiempo nos sentimos incapaces, perdidos y solitarios). Lo que quiero resaltar de Helen Keller es su sensibilidad poética: la manera en que supo escuchar el mundo que fue para ella el mundo. La capacidad para desenmascarar su universo interno tan oscurecido, de comprender su unicidad y, finalmente, quiero creer que como una necesidad ineludible, de expresar todo aquello por medio de la escritura (único oficio del verdadero poeta). 

Pero esto apenas es la superficie del pensamiento de Keller. No es el hecho de que una mujer sorda, ciega y muda haya tenido la valentía de escribir lo que quiero aplaudir. Ella es más que esta valentía, aplaudible también, en todo caso. Su filosofía es un océano, tanto como su estilo. De una hondura sapiencial. De una honestidad irritable incluso. Es capaz de sentir el mundo de maneras completamente insospechadas, y mucho mejor que quienes tenemos los cinco sentidos funcionando a media máquina. Es capaz de especular sobre lo que desconoce como si lo conociera de antaño, de imaginar lo que sus ojos no le permiten ver, de jugar alegremente al juego del conocimiento; esa es su mayor virtud. Su inteligencia la lleva con profunda humildad, sabiendo que sabe y ocultándose sabia. Pero la máscara se le resbala en las primeras frases y no queda sino leerla con devoción. 


Trato de imaginar su vida y mi imaginación, en cambio, se queda demasiado corta. Trato de entender cómo pudo aprenderlo todo, cómo las palabras, cómo los conceptos, cómo llegó a esa comprensión tan profunda de la naturaleza y de los hombres, y me digo que se necesita mucho coraje y una voluntad forjada en plomo para llevar a cabo semejante empresa. La imagino entonces sentada en una silla de mimbre o de pie frente a su piano tocando una tecla que no puede escuchar o sintiendo la brisa de la tarde en el huerto de su casa, siempre tratando de imaginar la realidad que la circunda, oyéndose por dentro, sintiéndose materia preciosa, espécimen divino del reino de los cielos, maravillada ante cada nueva sensación, ante cada roce; divertida, angustiada, serena. La imagino toda pensamiento, introspección, éxtasis: alma viva. Entonces me dan ganas de vivir.


 

Comentarios


  1. Me gustó mucho este texto, Nicolas. Gracias por compartirlo. ¿Cuál es su obra preferida de Helen Keller?

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