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Séptima sesión: 6. La Gran Marcha


El tema que Kundera expone magistralmente en este capítulo y alrededor del cual se centró nuestra discusión es el del kitsch.
Para introducirlo, primero nos sumerge en una discusión escatológica - metafísica: Dado que la mierda y el acto de defecar es parte fundamental del metabolismo humano, y dado también que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, ¿Dios también tiene intestinos y  por consiguiente, defeca? "La mierda es un problema teológico más complejo que el mal", nos dice el autor.

Detrás de estos profanos razonamientos, la pregunta de fondo es si el hombre ha sido creado de una manera aceptable o no, si el ser es bueno o no. Y aclara que el asco y el rechazo que produce la mierda no es un problema moral, sino  un problema metafísico: "O la mierda es aceptable o hemos sido creados (nosotros y el universo entero) de una forma inaceptable".

Así es como llegamos a la definición del kitsch: "El kitsch es la negación absoluta de la mierda". El kitsch busca eliminar todo lo que es inaceptable de la existencia humana. ¿Pero inaceptable para quién? Cada sociedad y aún cada persona tiene su propio kitsch basado en sus creencias.

Para desarrollar este concepto del kitsch, Kundera nos devuelve a la historia de Sabina. La rebeldía de Sabina contra los absolutos, contra las mentiras que disfrazan la verdad, no es otra cosa que un rechazo rotundo al kitsch soviético. La tendencia del realismo socialista, y en general el arte que producía el régimen en la época, era la de mostrar como el "bien" había erradicado al "mal" de los países comunistas. En las obras no podría haber asomo de duda, de conflicto o de crítica. Solo lo "aceptable" para el régimen podía ser retratado en el arte.

Sin embargo, al igual que le había ocurrido antes, al viajar a Occidente, Sabina comprueba que cada sociedad y cada régimen tiene su propio kitsch. Un hombre viejo señalando a unos niños que jugaban libremente se conmueve y le dice: esto es felicidad. Todo cuanto quiere retratar un mundo libre de elementos negativos y de lo "inaceptable", cae en el kitsch.

El kitsch, a su vez es la dictadura del corazón, es una forma de recordarnos y reconocernos como seres emotivos. Al hombre se le escurre una lágrima de felicidad al ver a los niños jugando y acto seguido, se le escurre una segunda lágrima por comprobar que es un ser sensible que se conmueve por estas cosas en conjunto con sus semejantes.

Sin embargo, aunque Sabina y muchos más dediquen su vida a huir del kitsch, el kitsch siempre nos alcanza, "forma parte del sino del hombre". Tanto así, que al cierre de este capítulo sabremos que varios de nuestros personajes murieron bajo el signo de un kitsch propio o ajeno:

Antes de que se nos olvide, seremos convertidos en kitsch. El kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido

Cómo parte de la discusión, comentamos algunos de los kitsch propios de cada uno y los kitsch del contexto y de la política nacional, que además se han puesto de manifiesto con más fuerza en estos días de crisis.

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