Un alma en movimiento - Sobre Sostiene Pereira




UN ALMA EN MOVIMIENTO

Por: Nicolás Ibáñez

“El escritor de hoy, dicen, no debe ocuparse en modo alguno en los asuntos temporales; tampoco debe alinear palabras sin significado ni buscar únicamente la belleza de las frases y las imágenes: su función consiste en entregar mensajes a los lectores. ¿Qué es, pues, un mensaje? [...] El mensaje es, en fin de cuentas, un alma hecha objeto. Un alma…” Jean-Paul Sartre - ¿Qué es la literatura?

Portada de Sostiene Pereira - Editorial Anagrama

Un alma. 

Hablar de Sostiene Pereira, contrario a los que creen que se habla con mayor facilidad sobre lo que más nos apasiona, es, al menos para mí, un esfuerzo mayor. Llevo un tiempo cargando esta novela bajo el brazo por donde quiera que vaya. La leí por primera vez prestada de una biblioteca pública; luego la pesqué en un almacén de libros de segunda y la volví a leer esta vez impulsado a escribir una versión para teatro; más tarde la leí de nuevo en un viaje de fin de semana; ahora, por cuarta vez, la leo en la cuarentena y estoy seguro, si la muerte no me llega pronto, de querer volver a ella una y otra vez. Hay novelas que se convierten en amigos a los que siempre es grato frecuentar, esta es una de ellas. 

La novela de Tabucchi es la historia de un alma en movimiento. Alma entendida, claro, a la manera de Sartre, como un sujeto al que se lo contempla a una distancia respetuosa y que tiene algo para decirnos de nuestro tiempo, de nuestro espacio, de nuestra época. ¿Podría decirse, en este sentido, que Sostiene Pereira es una novela comprometida? Ya lo veremos. Por ahora centrémonos en la figura del narrador, punto máximo de la novela, desde donde Tabucchi nos presenta a su personaje. El narrador juega un papel preponderante en esta novela, sobresale en cada página como un testigo directo al que suponemos que Pereira le ha contado todo, o casi todo. Pereira, en efecto, es contemplado por el narrador y por nosotros, los lectores, desde una distancia respetuosa, pero además el artificio literario involucra al lector en una especie de confidencia, en una confesión íntima al recordarle permanentemente que la historia ha sido ya narrada y sostenida por Pereira y que nada, válgame la expresión, es salido enteramente de su costal. Este efecto produce por un lado una sensación de verosimilitud del relato, pero también nos insinúa una relación estrecha entre el narrador y el personaje, una cierta simpatía de complicidad y afecto. Pero hay algo más y es la utilización del verbo sostener, que deja entrever una manifestación de defensa de la propia historia, “Sostiene Pereira que…”, distanciando al narrador de la historia y poniendo como eje central el relato del protagonista. Vayamos a la novela.


Pereira es periodista, conocido sobre todo como antiguo escritor de crónicas, y dirige ahora la página cultural de un incipiente periódico de Lisboa, el Lisboa. Nos encontramos en 1938, en una Europa convulsa por los fanatismos, los totalitarismos y la guerra. Un día, Pereira, católico sin creer en la resurrección de la carne, lee una tesis universitaria que trata el tema de la muerte, y tal vez porque ha venido él mismo pensando en la muerte, decide contactarse con el joven escritor para que le ayude con la publicación semanal de la página cultural. El joven se llama Monteiro Rossi, acaba recibirse en filosofía y tal vez por esto y porque no tiene dinero acepta escribir las necrológicas que Pereira le pide como colaboración. Sin embargo las necrológicas que escribe Rossi son impublicables, tratan siempre temas políticos y, como sabemos, el Lisboa es un periódico independiente y no le gusta meterse en estos temas. Pese a esto, Pereira, tal vez porque no tiene hijos y porque su esposa murió hace algunos años, decide seguir pagando de su bolsillo los artículos y ayudando a Rossi. De a poco nos damos cuenta de que Rossi, influido por su novia Marta, anda metido en política, ayudando a los republicanos españoles que luchan en la guerra civil, mejor dicho, anda metido en problemas. Recordemos que la Portugal de entonces coqueteaba, con Salazar como patriarca, con el fascismo. Pereira es viejo, solitario, se interesa por la literatura y la cultura, pero a partir del momento en que conoce a esta pareja de muchachos se le empiezan a tambalear sus ideales, todo lo que daba por inamovible ahora lo encuentra voluble. Entonces, gordo como es, suda, se alimenta mal y se agrava su enfermedad del corazón. Por otro lado, Monteiro Rossi y Marta continúan trabajando para los republicanos reclutando gente en el Alentejo y Pereira, enterado de todo, continúa ayudándolos en secreto. 



Un día, sin embargo, Pereira decide tomarse un descanso y se interna en una clínica telasoterápica que le recomienda su doctor de cabecera. Allí conoce al doctor Cardoso y se adentra los métodos telasoterápicos, poco ortodoxos, de sanación. Aquí está la tesis fundamental de la novela, cuando el doctor Cardoso, después de una larga conversación sobre psicología y dietética, le confiere a Pereira la teoría de la confederación de las almas. De nuevo el alma. La teoría considera que el ser humano, contrario a la creencia de la religión católica, no está regido por un alma única e indivisible, sino que está conformado por varias almas que se pelean por la predominancia del yo hegemónico, pero que este yo hegemónico puede cambiar a partir de ciertos eventos. Cardoso ha escuchado toda la historia de Pereira y a partir de su teoría lo invita a dejar salir ese nuevo yo hegemónico que anda latiendo fuerte y a que se deje de tantas limonadas repletas de azúcar que tan mal le hacen. La idea termina de calar en Pereira una vez regresa de la clínica y encuentra una Lisboa cada vez más instalada en el fascismo, apoyado incluso por algunos sectores de la iglesia católica. 


A partir de este momento todo se empieza a complicar. El director de su periódico lo incita a que publique sobre temas nacionalistas y abandone la idea de traducir cuentos franceses que están tan alejados de la cultura portuguesa como era costumbre en él. La portera de su oficina, espía del régimen, empieza a ojear sus cartas y a recibir sus llamadas. El ambiente es de tensa calma y las noticias que llegan desde Londres no son las más alentadoras. En esto vuelve Monteiro Rossi del Alentejo, cada vez con más problemas encima, lo vienen persiguiendo y se refugia en casa de Pereira. Pereira, tal vez porque el muchacho es joven y se le parece, tal vez viéndolo como el hijo que nunca pudo tener, lo esconde. Pero cometen un error o una serie de errores, hacen una llamada a Marta que ella devuelve a la oficina preguntando por su novio y la policía se entera de que Rossi está en casa de Pereira. Esa misma noche, después de una cena de lo más amable que Pereira ha preparado para Rossi, tocan a la puerta. Es la policía, una policía de civil, paramilitares, guardia civil o como quiera que se llame; preguntan por Rossi, ultrajan a Pereira y terminan por matar al muchacho tratando de sacarle información. Pereira entonces deja salir su nuevo yo hegemónico e idea un plan. Escribe un artículo contándolo todo, la manera en que esta policía ultraja a sus conciudadanos y expone minuciosamente la represión que se vive en Portugal. Para que el artículo pueda pasar la censura se alía con Cardoso, el doctor de la clínica, quien se hace pasar por un viejo amigo de Pereira que trabaja en la censura y convence al impresor de que el artículo es limpio, que la prensa portuguesa también lo es y el artículo se publica. Acto seguido Pareira huye a su tan querida Francia, donde podrá hablar sin miedo. 

Antonio Tabucchi
A través de todo el relato, Pereira habla con el retrato de su mujer y le cuenta paso a paso su transformación. Es de las primeras imágenes que vemos en la novela y también la última, cuando decide empacar el retrato en la maleta que se llevará al exilio. En muy pocas páginas tenemos todo un contexto histórico y la historia de una decisión, de un cambio. Esta transformación del personaje central es la que a mi modo de ver es comprometida, porque expone un embotamiento del mundo intelectual de la época frente a la historia reciente, porque de fondo reposa la idea de un intelectual perezoso, de vacaciones, que prefiere ver para otro lado o establecerse cómodamente con las épocas imperantes. He aquí que Tabucchi nos enseña que una persona puede cambiar, que el alma no es única e indivisible y que, a pesar de los años que se tengan, nunca es preciso fijar raíces tan profundas en ninguna parte. La movilización es tanto física, el exilio, como psíquica e ideológica. El mensaje de la novela del que habla Sartre, más allá de la evidencia periodística de cómo funcionaba el régimen, es una invitación a estar atento, a no fijarse en un statu quo propio inamovible, sino a siempre tener la posibilidad de abrirle puertas a nuevos yo hegemónicos. Pero para eso es necesario despertar. 


Y la idea sigue más viva que nunca porque en estos tiempos el debate, sea el que sea, se nos divide tajantemente entre dos polos opuestos. No más es necesario entrar a Twitter o revisar cualquier campaña política del mundo, y no vayamos tan lejos, no hace falta sino conversar con otra persona sobre cualquier tema sensible para darnos cuenta de que “tener una posición” está de moda y que por el contrario cambiarla o analizar la parte contraria es muestra de debilidad, de traición. El sincretismo ideológico queda fuera de toda comprensión, de toda chance y el que lo aplica puede tildarse de tibio. La tibieza, para mí, es anclarse en un extremo, dejarse estar cómodo en él y desde esa trinchera disparar sin remedio al bando contrario. Al estar en épocas tan parecidas a las del contexto de la novela, no estaría nada mal leer a Tabucchi y reconsiderar nuestra confederación de las almas. 


El atravesado de Caicedo: una afirmación de vida

Terminaba la década de los 60'. El mundo se tambaleaba al ritmo de las canciones de rock n' roll. Las crisis políticas, económicas y militares de la guerra fría daban sus coletazos a lo largo del globo. En 1955, un joven James Dean había hecho rugir su motocicleta mientras sostenía un cigarrillo al costado de la boca. Años después, los jóvenes de una ciudad del occidente de Colombia seguían viéndolo en la pantalla grande de los teatros locales. Nacía una generación de atravesados.

El Atravesado, este gran monólogo de un adolescente solitario, se sitúa en Cali de los años 60'. Su protagonista parece tener un don natural para pelear. Pelea porque afirma no tenerle miedo a nada, porque está dispuesto a probar lo macho que es ante cualquiera y también porque no encuentra otra manera de encarar una ciudad adversa y desigual. No pasa mucho tiempo antes de que este joven termine involucrado con "las galladas", una especie de pandillas o de tribus de la ciudad. Al igual que cualquier pandilla, las galladas se enfrentaban por control territorial y por dejar en alto su nombre. Sin embargo, tenían una característica que solo parece posible bajo el cielo caleño: eran tan buenos bailarines como peleadores y veían cuanta película se les atravesaba.
Que se pongan de este lado a los que les gusta más la pelea, y de este otro a los que les gusta más el cine.
Andrés Caicedo es recordado no solo como un talentoso y precoz escritor, sino también como un cinéfilo empedernido. Su Ojo al cine se lee casi tanto como sus novelas y cuentos. En el caso de El Atravesado, sucede que el personaje principal también es un adepto al séptimo arte. Sus constantes referencias a películas de violencia y pandillas hacen que nos preguntemos sobre el origen del mal social que se relata en la historia. Podríamos llegar a pensar que los jóvenes de la historia solo replican lo que ven en la pantalla grande, y que ahí está la fuente de tanta violencia y subversión. Sin embargo, si nos quedamos solo con eso, estaríamos cegándonos ante algo que el mismo Caicedo pone ante nuestros ojos. Estos jóvenes caleños no necesitaban meterse a un cine para encarar la violencia, esta venía rondando sus vidas desde antes de nacer. A medida que avanza la historia, descubrimos que la fuerza bruta no es tal, sino que está íntimamente ligada a un contexto de violencia partidista, sicariato, limpieza social, lucha de clases y represión. Desde la visión de este joven atravesado, Caicedo expone un panorama de la violencia colombiana de mediados de siglo. Este aspecto, sumado a la riqueza estilística de el relato, es otra muestra de la complejidad que alcanzó este escritor caleño a pesar de su temprano suicidio.



El Atravesado no es un hombre de muchas amistades. Lo único que podría ser un polo a tierra para su ímpetu es el amor. Aunque su amor idílico, María del Mar, consigue alejar su mente de los "totes", no está excento de la barrera del clasismo que ningún Rayito de luna logra penetrar. Su único amor real termina siendo el de su madre, único refugio y fortaleza. Este amor maternal va de la mano con la búsqueda de la afirmación de la vida sobre la muerte. Los jóvenes de las galladas dándose "totes" buscan darse un lugar, buscan una manera de afirmarse en una sociedad que les ha cerrado todas las puertas. A eso se dirige también el siguiente cuento, Maternidad, que leímos como complemento de El Atravesado

A primera vista, Maternindad es un texto sumamente machista, sobre un joven que utiliza a una chica para que le de un hijo. En primera instancia, su estilo no deja entrever un tratamiento crítico del tema, más no por eso deberíamos asumir que no lo tiene. Sin duda es un texto arriesgado, que suprime toda la sensibilidad del rol maternal femenino y quizá devela un hecho que nuestra tradición preferiría omitir: la reproducción no es un hecho sagrado y familiar, sino una afirmación de vida, una pulsión por existir que nace ante los tiempos más difíciles.

Hermandad: Una novelita lumpen de Roberto Bolaño

La primera impresión que genera el texto de Bolaño es de una sensación de total desasosiego. Desde el título del libro, pasando por un epígrafe de Artaud en el que se califica la escritura como un oficio de cerdos y más específicamente una marranada, hasta el capítulo número 1 que arranca con la muerte repentina de dos personajes que dejan huérfanos a los protagonistas. Ni siquiera la dedicatoria a los hijos del autor disminuye esta sensación, pues es inevitable relacionarlos con los dos protagonistas abandonados y sin futuro. Todos estos elementos, sumados a un estilo crudo y también sumado a caracterización de dos hermanos abandonados del resto de su familia generan esta sensación, además de un desdén del autor hacia la obra, similar al que puede tener Bianca hacia el futuro o la vida misma.

La Roma de Bolaño está lejos de ser la Roma barroca y clásica que se muestra a los turistas. Si bien se mencionan plazas, calles, estaciones de metro, etc., se trata de la Roma de los barrios residenciales de clase media, de las pequeñas peluquerías y de los videoclubs atendidos por inmigrantes. El desarraigo es un rasgo común a todos los personajes de esta Roma indiferente. Además de los protagonistas abandonados a su suerte y Maciste, viejo, solitario, ciego y decadente, los dos personajes que siguen al hermano de Bianca y se instalan en la casa de ambos, están desprovistos de cualquier rasgo de identidad. Tienen proveniencia pero no tienen nombre, no tienen papeles, se confunden entre sí, para Bianca no tienen rostro y a veces ni siquiera dejan rastros de suciedad. No tienen identidad, pero su presencia deteriora todo lo que tocan. El entusiasmo del hermano por su idea del ejercicio (que más que una pasión parece una táctica para evadir la tristeza) termina en un decaimiento físico y emocional, mientras que Bianca termina por involucrarlos a su vida sin cuestionárselo mucho.


Ambos personajes son quienes la incitarán a “iniciar su vida criminal con Maciste”: una antigua estrella de cine, decadente y condenada al olvido como los videoclubs romanos en los que Bianca y su hermano rentaban porno. El espacio que habita Maciste es enorme y lleno de sombras, en contraste con la luz cegadora permanente con la que Bianca observa todo a su alrededor. La laberíntica y deshabitada casa de Maciste se vuelve el lugar seguro de Bianca, en contraste con su pequeño piso, saturado con la presencia de los dos individuos y de su hermano. Por un momento, este lugar se vuelve su refugio seguro. Incluso ella misma llega a pensar que está enamorada.

No obstante, hay un tema que es ajeno a toda visión nihilista y decadente que atraviesa todo el libro: la relación de ambos hermanos. Desde el inicio, Bianca, narradora de la novela, está totalmente abandonada a su suerte, sin que esto le importe tampoco demasiado. Ella misma se describe como una mujer promedio en inteligencia y belleza, sin ningún interés o esperanza en el futuro. Si acaso, su mayor afán es trabajar para pagar deudas. No obstante, el único lazo que conserva a lo largo de la novela es el que tiene con su hermano. De resto, ella lo abandona todo. Es cierto que no es una relación atravesada por el afecto (de hecho no existe el afecto de ningún tipo en la novela) pero los poquísimos intereses de Bianca, como por ejemplo el gusto por los videoclubs, son compartidos con su hermano. Las relaciones fraternales, en muchos casos, no tienen que estar permeadas por muestras de cariño. De hecho, suelen estar basadas en la rivalidad, como se puede ver en muchos ejemplos dentro de la literatura. Sin ir más lejos, Rómulo y Remo, presuntos fundadores de la ciudad en la que todo ocurre, terminan por matarse a sí mismos. Este no es el caso de la novela de Bolaño. Al asumir la muerte de los padres, el abandono estatal y el desprecio de sus demás familiares, ambos personajes quedan casi en el ostracismo, pero lo único que conservan es el lazo entre ambos. La palabra “lumpen” implica una falta de conciencia de clase, lo cual hace parte del desarraigo y la falta de identidad de los mismos, pero lo único a lo que no renuncian es al lazo de hermandad: tal vez la única posesión que aún les queda y que consolidarán al final de la novela.

Elegía a la derrota



ELEGÍA A LA DERROTA

Sobre El viejo y el mar - Ernest Hemingway


"—Pero el hombre no está hecho para la derrota—dijo—.
Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado." 



Pensar en El viejo y el mar así como en la vida de Hemingway es, sin duda, aproximarse la derrota, al fracaso de una lucha. El mismo escritor cansado de no poder escribir nada mejor, lo que constituía su vida, hundido en el alcohol y desesperado termina por pegarse un escopetazo en la cabeza y acabar así con sus días. Santiago, por otra parte, protagonista de la novela, regresa a puerto con las manos vacías después de tres días en alta mar en permanente lucha con el pez espada al que logra vencer, pero derrotado por los tiburones que terminan devorando su conquista. 


Sin embargo, detrás de la derrota se esconde algo puramente humano. Centrémonos en la novela. Un viejo pescador que lleva ochenta y cuatro días sin pescar decide una mañana emprender un viaje hacia las inmensidades del océano con el objetivo de vencer su mala racha. Lo logra y de qué manera, pescando el pez más grande que cualquiera hubiera podido imaginar. La batalla es dura, honorable, entre dos titanes, y al cabo de un día y una noche logra derrotarlo. El pez es tan grande que no logra subirlo a la lancha, así que decide, en una imagen hermosa, atarlo al costado y emprender el regreso juntos. Pero todavía queda un largo camino y los tiburones acechan. Se ha alejado demasiado, piensa Santiago, pero no podía ser de otra manera si quería vencer al pez. Trata de luchar con todas las fuerzas que le quedan, que no son pocas, contra la manada de tiburones que, uno tras otro, van devorando el tesoro hasta dejarlo en los meros huesos. Así vuelve Santiago a tierra, con la evidencia de su batalla ganada y más tarde perdida, con su lancha y el esqueleto de un pez que nadie hubiera podido atrapar salvo él; glorificado y vencido. 


El texto, como toda la buena literatura, no queda allí en la mera anécdota, sino que excede sus límites y pretende decirnos otra cosa. A la mejor manera de la teoría del iceberg, implantada por el mismo Hemingway, de dejar el grueso del cuento a la interpretación y la inteligencia del lector, el análisis de la novela deja varios puntos a analizar. En primer lugar el significado de la aventura de Santiago. El mar como analogía de la vida, de una lucha sin sentido en medio de rivales honorables y de amargos tiburones; como ese espacio ancho y profundo que termina al fin por vencernos sin llevar a puerto nada más que la satisfacción de haberlo recorrido y una o dos historias memorables. Pero también los tiburones nos vienen a hablar de la pérdida, de aquello que se nos escapa de nuestras fuerzas y contra lo que también debemos luchar aunque sepamos el resultado, el oscuro final. Pero hay en Santiago un coraje de vivir, una determinación de ganar la batalla a toda costa que lo honra, lo hace noble entre los hombres, y a pesar de su fracaso no sentimos por él lástima, sino orgullo y admiración. Y así también lo ve el muchacho, el único amigo del protagonista, que al regreso, con un cúmulo de sentimientos entre la piedad, la admiración y la vindicación, lo cuida y lo empuja a seguir adelante con él. 


En este sentido, los lectores, no por efectos del texto, sino de su propia trama, somos ese muchacho, somos quienes recogemos el testimonio, vemos la lancha con la proeza realizada y exculpamos de toda derrota al viejo Santiago. Entonces la derrota adquiere valores de honorabilidad, de respeto, porque es digna, leal y noble. El viejo ahora reposa en su cama con la tristeza y la satisfacción íntima de quien ha dado todo de sí en una lucha que sólo le correspondía a él, sin hacer alardes, sin vender su fracaso, esperando a reponerse para volverlo a intentar quizás llevando más agua y no alejándose tanto de la orilla.


Muchas veces pensamos los clásicos como textos manidos y ya leídos aunque nunca los hubiéramos abierto. No. A los clásicos debemos volver porque, como decía Calvino, siempre tienen algo que decirnos. Leer El viejo y el mar es una prueba suficiente de ello. 

Kawabata y el umbral de la vejez

Sobre "La casa de las bellas durmientes" de Yasunari Kawabata

Un hombre de 67 años se acuesta a dormir en medio de dos bellas jóvenes, una rubia y una morena, ambas dormidas bajo el efecto profundo de una droga. Mientras se abandona al sueño, el viejo toma en cada mano un pecho de cada joven. De un lado tiene la luz y del otro la oscuridad, la vida y la muerte. Esta mitad, o mejor, este umbral, es la condición de Eguchi, el protagonista de “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata. En esta casa, los viejos tienen la posibilidad de dormir con una muchacha joven que estará dormida todo el tiempo. Dentro de las reglas de la casa está establecido que los visitantes pueden contemplar a las muchachas e incluso tocarlas cuanto quieran, pero no deben cometer actos “indecentes”. Esta condición entrelaza el erotismo con cierto goce estético y contemplativo que parece muy propio de la tradición japonesa.

Eguchi, que aún no ha cumplido los 70, dice no haber perdido su virilidad, y por lo tanto no se siente igual a los viejos que normalmente visitan en secreto la casa de las bellas durmientes. Presume que la razón por la que lo demás hacen, es porque su cuerpo y todo su ser se ha convertido en una vergüenza. Solo se atreven a estar junto a una joven muchacha si ella está completamente fuera de sus sentidos y sin la posibilidad de percatarse de la condición lastimera de su acompañante. “Dormidas y mudas, ellas decían lo que los ancianos deseaban”. Como Eguchi aún no ha llegado a ese límite, esta aventura secreta es para él como una inmersión adelantada en la senilidad. Como Dante, se introduce en un viaje premonitorio donde descubre y se prepara para lo que le espera.

Estar ante las jóvenes totalmente indefensas parece despertar en él una curiosidad morbosa por ultrajarlas. Él, a diferencia de los otros viejos, aún tiene los medios para hacerles daño. Sin embargo, siempre hay algo que lo contiene y una vez superado este afán de violencia, Eguchi es visitado por diferentes recuerdos de mujeres que pasaron por su vida. Los recuerdos, más vivos que nunca, parecieran ser evocados por los cuerpos y los olores de las muchachas durmientes. Es sabido que a medida que una persona envejece, pierde la sensibilidad sobre una amplia gama de olores, pero es capaz de recordar con mayor intensidad olores del pasado. Este pareciera ser el caso de nuestro protagonista, que en el umbral de la vejez, se pierde entre recuerdos de olores, de frases, de rostros e incluso de flores.
¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa?
Aunque las muchachas parecen estar totalmente a su disposición, siempre habrá algo inalcanzable: su juventud. Aunque Kawabata pone a dormir en el mismo lecho a viejos y jóvenes, la distancia que los separa es infranqueable. Por más que puedan estar junto a ellas e intentar beber de su juventud, para los ancianos visitantes de la casa no hay marcha atrás. La certera muerte, que brilla con más fuerza para los viejos, pero que se cierne sobre todo el género humano pareciera ser lo único que une a estas disímiles parejas nocturnas.

No se escapa a ningún lector o lectora contemporánea que esta costumbre que relata Kawabata es machista y aliena a la mujer a más no poder. Sin embargo, este autor pertenece a una generación de escritores que a lo largo del siglo XX cuestionaron el rol de la mujer en las sociedades orientales. Aunque el tiempo presente de la historia se centra en las visitas de Eguchi a la casa de las bellas durmientes, todos los recuerdos que le sobrevienen en las noches nos muestran una dimensión mucho más humana de las mujeres de su vida. Con momentos de amor ciego, decepciones, independencia y decisiones propias, las mujeres que recuerda Eguchi son reales, fuertes y de alguna manera se enfrentan a la sociedad que las rodea.

Estar junto a una persona totalmente inconsciente “no es una relación humana”, piensa Eguchi en su primera visita. Sin embargo vuelve a la casa de las bellas durmientes una y otra vez. Todo cuanto vemos que le acontece tras el extraño contacto con las jóvenes, sus recuerdos y sus temores nos inducen a su reflexión posterior: “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana”.

Invisible como la seda

Por: Juan Francisco Florido

El estilo de Alessandro Barico es como la seda que describe: leve, hermosa y casi imperceptible. Seda es también el título de la novela corta sobre la vida de Hervé Jancourt: un hombre que, yendo en contra de su destino y a favor del azar, abandona el peso de las armas para tomar el oficio de comerciante viajero de gusanos de seda. Cada uno de sus brevísimos capítulos está compuesto a su vez de frases aún más cortas y lacónicas, que no carecen de ambigüedad. Aun así, la totalidad de su obra adquiere un matiz distinto a la concreción de los fragmentos. Si bien es contundente al narrar los hechos, la novela abarca espacial y temporalmente periodos y territorios extensos. Se trata de un texto compuesto en su mayoría por imágenes sueltas, viajes de miles de kilómetros que duran meses enteros pero condensados en muy pocas palabras y fragmentos de vida incompletos de personajes misteriosos.

Seda está compuesto de pinceladas concretas como un cuadro impresionista. No obstante, hay muchos secretos ocultos que la totalidad del cuadro no nos permite ver, y sin embargo, no deja de ser conmovedor y sugestivo. Aunque la lógica pueda obligarnos a llenar esos espacios aparentemente vacíos, no sería correcto leer este libro exigiendo respuestas a cada una de las incógnitas que plantea, que dicho sea de paso, no son pocas. No nos interesa saber por qué Jean Berbeck optó por el silencio, pero sabemos que en esa decisión se sintetiza su vida. Tampoco queremos saber en detalle qué sucedió en los meses de periplo hasta Japón, pero nos conmueve que un viaje hasta el fin del mundo sea resumible en un gesto tenue parecido a un soplo.


La novela de Baricco no ofrece un “por qué” o un “cómo”. Ni siquiera invita a que el lector dé alguna respuesta lógica a tales preguntas en su propia mente. Baricco invita a otro tipo de lectura más cercana a la experiencia sensorial y a la contemplación. Todo lo que requiera explicación, si es que importa, está dentro del texto y cabe en frases tan cortas como exhalaciones tenues. Seda plasma perfectamente la levedad, la rapidez y la exactitud planteadas por Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Lo demás, lo que no alcanzan a abarcar las palabras, los supuestos vacíos que se ven en nuestra pintura completa, cabe en el silencio, como el de Jean Berbeck o el de la mujer de ojos no orientales. No es que las palabras se agoten. Es que a veces no nos hacen falta. Sencillamente sobran.

El silencio que se establece en las relaciones entre los personajes potencia la belleza de los mismos. Muchas veces, el misterio que rodea lo desconocido, sobre todo en lo que concierne a las otras personas, hace que todo lo que sí podemos ver, escuchar y conocer de ellas nos resulte aún más hermoso. Las relaciones entre los personajes de la novela están permeadas por todos estos secretos invisibles al lector y a ellos mismos. Gran parte de su belleza se resalta gracias a cómo están atravesadas por lo invisible. Sin embargo, la belleza de lo invisible no está en la atracción por lo desconocido. La nostalgia de lo irrealizado es lo que vuelve hermosos sus silencios y no la urgencia de descubrir lo que se desconoce. Seda no es únicamente un encuentro con la levedad, la belleza o en palabras de Baricco con la “música blanca”. Seda es fundamentalmente un encuentro con los silencios y con lo invisible. Se trata de un encuentro con la nostalgia por lo no vivido y la hermosa tristeza que conlleva.

Multiplicidad de forasteros



MULTIPLICIDAD DE FORASTEROS
Sobre El extraño caso del Dr. Jeykll y Mr. Hyde

Por: Nicolás Ibáñez



El propio hijo de Robert Louis Stevenson confesaba que su padre había escrito el primer manuscrito de El extraño caso del Dr. Jeykll y Mr. Hyde en sólamente tres días después de un extraño sueño-revelación que tuviera una madrugada. Ese primer texto, hasta donde hemos podido saber, era de corte más explícito, más incisivo en la acción, más descarnado en la descripción; sin embargo, el tema fundamental ya reposaba latente bajo su trama: el conflicto interior humano entre el bien y el mal. El tema no es en sí novedoso, ni particular del siglo XIX. La filosofía griega lo trata en numerosas ocasiones, los libros sagrados del monoteísmo también se basan en él para la mayoría de sus fábulas, Roma lo retoma y lo hace un asunto público de interés común, los románticos alemanes e ingleses también lo ahondan. ¿Qué es entonces lo novedoso en la novela de Stevenson que hace indispensable su lectura pasados casi dos siglos?

Aquí viene lo interesante. Recordemos la anécdota del relato. Un hombre, el Dr. Jeykll, en todo representante de los más altos valores morales de la sociedad inglesa victoriana, es perseguido por una parte de sí mismo que, en cambio, rompe con toda ética y se sumerge en las oscuridades del alma. La pulsión es tan fuerte que la segunda naturaleza, la maligna, logra dotarse de una personalidad propia, Mr. Hyde. En un mismo individuo estas dos personalidades se disputan por salir, por ser, por ganar la prevalencia sobre el sujeto. En un intento por reconciliarse con esta dualidad, el Dr. Jeykll, científico de profesión, inventa una fórmula que le (les) permite transformarse a voluntad en uno y en otro hasta que dicha separación se vuelve insoportable y Mr. Hyde acaba por gobernar el cuerpo del Dr. Jeykll, que termina desapareciendo. 

El tratamiento de la cuestión es novedosa en tanto que ahonda en la exploración de la psicología del ser humano. No por nada la novela ha sido sumamente estudiada por todas las ramas del humanismo y antecede todos los estudios del psicoanálisis. No nos corresponde un estudio minucioso de dichos análisis, pero intentaremos aproximarnos con algunas referencias. En Alemán, acuñado por un un novelista de finales del siglo XVIII, hay un vocablo para designar esta dualidad, se denomina Doppelgänger y hace referencia al doble, al “gemelo malvado”. La mitología nórdica y la literatura fantástica acuden permanentemente a este vocablo. Recordemos, por poner un ejemplo, el cuento de Edgar Allan Poe, William Wilson, que lo trata magistralmente. Por otro lado tenemos el arquetipo de la sombra del que hablaba C.G. Jung, que tiene que ver con el aspecto inconsciente de la personalidad, caracterizado por rasgos y actitudes que el yo consciente no reconoce como propios, es decir, con una sombra, un lado oscuro que reposa en las profundidades de cada uno. La psicología moderna ha venido a llamarlo Trastorno disociativo de la identidad en la que, como Stevenson deja entrever en su excelente último capítulo, una persona puede presentar dos o incluso más personalidades.

“Cada día que pasaba, y en ambos lados de mi mente, el moral y el intelectual, me fui acercando más a aquella verdad por cuyo conocimiento parcial fui condenado a tan aterrador naufragio: que el hombre no es uno realmente, sino dos. [...] y me atrevo a adivinar que algún día el hombre será conocido como una multiplicidad de forasteros, independientes, incongruentes y polifacéticos." 


Como vemos, el tema ha dado mucha tela cortada y sigue dándonos largas en un momento como el actual en el que la brecha entre el bien y el mal cada vez se hace más angosta. Matar, por ejemplo, puede estar justificado en nombre del bien, como lo hizo la iglesia católica durante tantos siglos. Violar a un menor, pese a lo evidente de su brutalidad, encuentra también su justificativo y hasta enarbolan una bandera que los defiende. La política, la sociedad, los medios de comunicación, el racismo, la discriminación rampante, la Historia de los hombres sobre la Tierra nos siguen demostrando que la batalla sigue más viva que nunca. Y es que, aunque suene trillado, todos somos Jeykll y todos Hyde. En cada uno de nosotros la batalla es incesante porque el mal, que no sabemos de donde proviene, también hace parte y negarlo es invitarlo a que lance sus flechas. Quizás lo que nos viene a decir Stevenson es que debemos reconocer esa segunda naturaleza, identificarla, conocerla y así podremos tener más herramientas para gobernarnos a nosotros mismos. Quizás debamos abandonar la idea de unicidad y dejar ser a la multiplicidad de forasteros que nos habitan bajo la misma máscara que vemos cada día en el espejo.